Una vela encendida en un cuenco dorado con un grupo meditando al fondo
Foto: Manish Vyas, Unsplash

Mucha gente llega a la meditación buscando calma. Y muchas veces descubre algo más interesante: una forma distinta de relacionarse con lo que piensa y siente. En mi caso, la meditación y la terapia Gestalt llegaron casi a la vez y se han ido enriqueciendo mutuamente.

Qué tienen en común

Las dos ponen el foco en el presente y en el darse cuenta. En la meditación observamos la respiración, las sensaciones y los pensamientos sin engancharnos a ellos. En la Gestalt hacemos algo parecido, pero en relación: notamos qué nos pasa mientras hablamos, qué sentimos en el cuerpo, qué evitamos.

No es casualidad: los fundadores de la Gestalt se inspiraron en parte en el zen, y Claudio Naranjo integró la meditación en su trabajo terapéutico, junto con el eneagrama.

En qué se diferencian

La meditación suele practicarse en solitario. La terapia añade algo que la meditación sola no siempre da: otra persona que te acompaña y te devuelve lo que ve. A veces, al meditar aparecen emociones o recuerdos difíciles, y es muy útil tener un espacio donde mirarlos con alguien.

Una práctica sencilla para empezar

No se trata de dejar la mente en blanco, sino de observar sin juzgar. Esa misma actitud es la que cultivamos en las sesiones.

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