Campo de trigo amplio con luz dorada al amanecer
Foto: Michał Bielejewski, Unsplash

La terapia Gestalt no es una sola cosa. En sus más de setenta años de historia ha ido creciendo en distintas direcciones, y hoy conviven varias formas de entenderla y practicarla. Conocer ese recorrido ayuda a entender qué ocurre en una sesión y por qué, en mi forma de trabajar, doy tanta importancia a la perspectiva de campo.

Los orígenes

La terapia Gestalt nació a finales de los años cuarenta de la mano de Fritz Perls, Laura Perls y Paul Goodman. En 1951 publicaron, junto a Ralph Hefferline, el libro fundacional Gestalt Therapy, y poco después se creó en Nueva York el primer instituto.

Se nutrieron de muchas fuentes: el psicoanálisis, del que partían y con el que discutían; la psicología de la Gestalt, que estudiaba cómo percibimos totalidades y no partes sueltas; la teoría de campo de Kurt Lewin; la fenomenología y el existencialismo; y también la filosofía oriental, especialmente el zen. De ahí surge su idea central: la persona no puede entenderse aislada, sino siempre en relación con su entorno, y el cambio sucede en el contacto, aquí y ahora.

Las distintas miradas de la Gestalt

Con el tiempo aparecieron diferentes énfasis. Simplificando mucho:

En España y Latinoamérica tuvo una gran influencia Claudio Naranjo, alumno de Fritz Perls, que integró la Gestalt con la meditación y el eneagrama en su programa SAT.

¿Qué es la perspectiva de campo?

En las últimas décadas, terapeutas como Gianni Francesetti, Michela Gecele o Jan Roubal han desarrollado una forma de trabajar que recupera y profundiza una intuición de los orígenes: lo que nos pasa no ocurre solo «dentro» de nosotros, sino en el campo que compartimos con los demás.

Desde esta mirada, el sufrimiento no se ve como un fallo de la persona, sino como algo que emerge en la relación y en la situación. La ansiedad, la tristeza o la desconexión se pueden sentir también en la sesión, en la atmósfera que se crea entre terapeuta y paciente. Y precisamente ahí, en ese espacio compartido, es donde puede aparecer algo nuevo.

Esto cambia la actitud del terapeuta: más que analizar desde fuera, se trata de estar presente, dejarse afectar y sostener lo que surge. Por eso se habla del arte de la presencia.

Qué significa esto en la práctica

En mis sesiones, esta mirada se traduce en algo sencillo: no estás solo con lo que te pasa. Exploramos juntos cómo vives tus relaciones, tu cuerpo y tu momento vital, y prestamos atención a lo que ocurre entre nosotros mientras hablamos. A menudo, sentirse acompañado de esta manera ya es el inicio del cambio.

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